Un nuevo turismo rural, recuperando poblaciones abandonadas como Lasaosa

Hace casi ya cinco años que mi amigo Juan me invitó por primera vez a visitar Lasaosa. Un nombre, que, obviamente, será totalmente desconocido para todos, ya que se trata de un minúsculo pueblo en el prepirineo cerquita de Sabiñánigo. Pueblo, que hasta hace bien poco, se encontraba prácticamente abandonado desde hace décadas. Mi amigo Juan, junto a otros vecinos de la zona, hace algunos años compraron algunas de las antiguas casas y las han ido rehabilitando.

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Pero no sólo han restaurado las casas, sino también los edificios comunes. Desde entonces siempre nos juntamos un grupo cada cierto tiempo para seguir restaurando el pueblo, que, a pesar de sus reducidas dimensiones, cuenta con una abadía, una iglesia, una herrería y un antiguo horno de pan. Además de un entorno bucólico sin igual donde sólo hay pastos y bosque, a Lasaosa lo atraviesa un pequeño riachuelo, que permite refrescarte los pies en sus pozas en verano.

Durante estos años, hemos restaurado el camino principal que atraviesa el pueblo, e instalado las canalizaciones de una potabilizadora de agua, además, ahora estamos recuperando la antigua herrería como merendero para el uso de los habitantes de Lasaosa.

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Toda esta herencia cultural, de más de medio millar de años de antigüedad se vería perdida, si no fuera porque estos habitantes de las ciudades colindantes han encontrado el valor de volver a la tranquilidad del campo.

Mucha gente me pregunta, cuál es la razón de irme allí a trabajar, y les suelo dar tres razones:

  • Unos días sin cobertura, sin móviles ni ondas de ningún tipo.
  • Silencio absoluto, sin coches y aire limpio.
  • Estar sentado delante un teclado y un ratón todo el día, o en el sector servicios, significa que no haces nada con tus manos, físico, algo real, no construyes nada, y la verdad es que puede llegar a ser muy gratificante. Sobre todo si lo haces con más gente y tienes esa percepción de trabajo en grupo, con un objetivo claro.

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